miércoles, 23 enero 2019
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La medicina, hasta en el séptimo arte

A primera vista, la medicina y el cine no parecen tener muchos puntos de encuentro; sin embargo, para el director Thomas Lilti están íntimamente relacionados, pues antes que cineasta es doctor –y no es el único, George Miller, sí, el mismo artífice de Mad Max: Furia en el camino también lo es–. Dos de sus tres películas están bañadas de la que considera su verdadera vocación. En Hipócrates: El valor de una promesa (Hippocrate) denunciaba las fallas y discriminación en el sistema de salud francés que anteponen la raza y el nepotismo a los conocimientos. Con Un amigo irremplazable (Médecin de campagne) se traslada de la ciudad al campo para darle voz a la medicina rural.

A través del célebre François Cluzet (Amigos) plasma en la pantalla algunas de sus inquietudes sobre la realidad gala. Como explicó a medios españoles, el 80 por ciento de las personas de su país mueren en un hospital, acto que bajo sus ojos constituye una tragedia humana y su proyecto lo refleja. Pero el núcleo sobre el que gira todo es un homenaje a los doctores que ejercen su profesión en el campo, lejos de las novedosas tecnologías y el frenesí de las consultas; en cambio, tienen un trato mucho más cercano –y humano– con los pacientes. Cada uno es un individuo cuyas circunstancias no le son ajenas. Este punto se deriva de su preocupación porque cada vez menos jóvenes quieren practicar medicina rural.

Tal como en Hipocrates, Lilti ofrece dos caras de la medicina mediante personajes opuestos: uno va aprendiendo mientras que el otro domina su arte. Los roles corren a cargo de Cluzet y Marianne Denicourt, actriz de método que para la construcción del rol tomó primeros auxilios y trabajó estrechamente con doctores reales. El que se convirtiera en íntimo de Omar Sy en Amigos, interpreta a Jean-Pierre Werner (Cluzet) acostumbrado a ser una figura indispensable en el poblado, se ve orillado a entablar un íntimo viaje existencial de reflexión y aceptación cuando le informan que padece una enfermedad probablemente mortal. Quien representa físicamente esta travesía espiritual es Nathalie (Denicourt), una joven enviada para ayudarle pero que desconoce su estado de salud. Ella es prácticamente la antítesis del protagonista: una mujer que acaba de terminar la carrera de medicina pese a estar en los 40 y tantos. Antes fue enfermera y con rezago se convirtió en doctora. Su formación encaja por entero dentro del esquema de la medicina hospitalaria y es en quien Jean-Pierre descarga su confusión cuando en un primer momento se comporta sarcástico, y un poco petulante, aunque eventualmente hace la transición a ser el maestro que ella requiere para convertirse en la doctora que sus pacientes necesitan.  

Alejada de un ritmo vertiginoso que eleve la presión con escenas de acción, éste es un drama pequeño, de ritmo apacible que empata con el estilo de vida que busca retratar el director y en donde mucho de lo que ocurre a cuadro no se dice ni evidencia, sino se sugiere, pues el filme se jacta de su propio naturalismo. Sin embargo, aunque al igual que Hipócrates estamos ante una cinta de denuncia social y antropológica, semejante sutileza llega a jugar en contra de los personajes –tanto principales como secundarios–, pues al conocer poco de su vida y bagaje se complica el entendido de complicidad que debe existir entre ellos y el espectador, por lo que es difícil establecer una conexión. En ese sentido, el segundo título de Lilti se muestra levemente superior a éste.

Recordemos que todas las formas de arte son el reflejo de nuestros sentires, irremediablemente la salud y la enfermedad, son dos elementos muy importantes en nuestra vida diaria.  Así que si son amantes del séptimo arte o siemplemente les despierta curiosidad esta película, esperamos que la disfruten tanto como yo.

 

Referencia
http://www.avoir-alire.com/le-medecin-de-campagne-la-critique-du-film