miércoles, 23 enero 2019
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El hígado de Prometeo, el origen del hombre y la caja de Pandora

Zeus ganó la Guerra contra los Titanes y desde entonces y por siempre reinaría para todos los Dioses y hombres desde el Monte Olimpo.

A Prometeo y Epimiteo se les concedió poder vivir en el Olimpo junto a los demás dioses en agradecimiento por su ayuda.

Los dioses del Olimpo les encargaron la creación de los animales, Epimeteo se adelantó y creó a todos los animales, al verlo, Prometeo lloró por no haber podido participar y sus lágrimas cayeron hasta la tierra formando barro, con ese barro decidió crear al hombre.

Además de crearlos debían de dotar a sus criaturas con los recursos necesarios para la supervivencia. El reparto de las cualidades lo hizo Epimeteo, otorgando una porción equitativa de dones a cada uno de los animales. A quienes tocaba fuerza, no correspondía rapidez, a los débiles les daba astucia y a los pequeños alas y así sucesivamente...

Epimeteo no se dio cuenta de que había dejado a la especie humana sin facultades y cuando llegó Prometeo a inspeccionar el trabajo de su hermano, vio que todos los animales estaban justamente equipados, pero su hermosa creación, el hombre, no tenía ningún don...

Prometeo muy preocupado por los hombres decidió ir a la fragua de Hefesto, Dios del fuego y robárselo, para así dárselo a los hombres y asegurar su supervivencia, pero esto enfadó terriblemente a Hefesto....

Los hombres, agradecidos por el fuego, sacrificaban corderos y frutas en honor de su benefactor Prometeo, pero esto lo único que hizo es despertar en Zeus una gran envidia. Éste junto a Hefesto preparó un plan para castigarlo.

Por orden de Zeus, padre de los dioses, Hefesto dios del fuego y famoso por sus habilidades, formó la estatua de una hermosa doncella (Pandora), después la propia Atenea que, también celosa de Prometeo, habíase trocado en su enemiga, echó sobre la imagen una vestidura blanca reluciente, la coronó de frescas flores, le ciñó el talle con un cinturón de oro, adornado maravillosamente con policromas figuras de animales. Hermes, el mensajero de los dioses, otorgaría el habla a la bella imagen y Afrodita le daría todo su encanto en las artes del amor y la belleza.

Pandora era pues una venganza de Zeus como parte de un castigo a Prometeo, primero por haber revelado a la humanidad el secreto del fuego que hasta entonces sólo había pertenecido a los Dioses y segundo por la adoración que los humanos sentían hacia él y que Zeus envidiaba.

De este modo Zeus, bajo la apariencia de un bien, había creado un engañoso mal, al que llamó Pandora, es decir, la omnidotada; pues cada uno de los Inmortales Dioses había entregado a la doncella, para que guardara en su caja, algún nefasto obsequio para los hombres.... La vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio, la lujuria, la tristeza, la pobreza, el crimen...

Condujo entonces a la virgen a la Tierra, donde los mortales vagaban mezclados con los dioses, y unos y otros se pasmarón ante la figura incomparable. Pero ella se dirigió hacia Epimeteo, el ingenuo hermano de Prometeo, llevándole una caja regalo de Zeus. Prometeo había advertido a su hermano que nunca aceptase un obsequio venido del olimpico Zeus, porque eso podría ocasionar grave daño a los hombres; todo regalo de Zeus debía de ser rechazarlo inmediatamente.

Pero Epimeteo, olvidándose de aquellas palabras, acogió gozoso a la hermosa doncella y no se dio cuenta del mal, hasta que se desató. Pues hasta entonces las familias de los hombres, aconsejadas por su hermano, habían vivido libres del mal, no sujetos a un trabajo gravoso y exentos de cualquier mal...

Pero Pandora llevaba en las manos su regalo, su gran caja. Apenas llegaba junto a Epimeteo, se sentó en el suelo y abrió la tapa, como Zeus le había dicho y en seguida volarón del recipiente todos los males, que se desparramarón por el mundo con rapidez, pero oculto en el fondo de la caja había un único bien: LA ESPERANZA y dejando de seguir el consejo del Padre de los dioses, Pandora cerró la cubierta antes de que aquella pudiera echar a volar, encerrándola para siempre en la caja...

Entretanto la desgracia llenaba, bajo todas las formas, tierra, mar y aire. Las enfermedades se deslizaban día y noche por entre los humanos, solapadas y silenciosas pues Zeus no les había dado la voz. Un tropel de fiebres sitiaba la Tierra, y la muerte, antes remisa en sorprender a los hombres, precipitó su paso.

La vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio, la pasión, la plaga, la tristeza, la pobreza, el crimen; todos los males del mundo se habían extendido por la tierra y sólo la esperanza quedó oculta en el fondo del arca. Por eso la esperanza es lo último que se pierde...

Tras vengarse así de la humanidad, Zeus se vengó también de Prometeo e hizo que lo llevaran al Cáucaso, donde fue encadenado por Hefesto con la ayuda de Bía y Cratos. Zeus envió un águila (hija de los monstruos Tifón y Equidna) para que se comiera el hígado de Prometeo. Siendo éste inmortal, su hígado volvía a crecerle cada noche, y el águila volvía a comérselo cada día. Este castigo había de durar para siempre, pero Heracles pasó por el lugar de cautiverio de Prometeo de camino al jardín de las Hespérides y lo liberó disparando una flecha al águila. Esta vez no le importó a Zeus que Prometeo evitase de nuevo su castigo, al proporcionar la liberación más gloria a Heracles, quien era hijo de Zeus. Prometeo fue así liberado, aunque debía llevar con él un anillo unido a un trozo de la roca a la que fue encadenado.