Oda al hígado
- Escrito por Dr. Jorge Luis Poo
- Publicado en Arte y educación

Hombre controvertido, como muchos de los grandes, que un día rompen con la zona de confort que ofrece la vida. Disruptor y creador siempre, soñador frecuentemente.
Neruda nació el 12 de julio de 1904 en Parral, al sur de Chile. Su nombre original fue Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Se dice que su padre, obrero ferroviario, despreció su vocación de poeta, desde pequeño y le obligó a cambiar de nombre, para evitar que se leyera su nombre original. Luego, en su vida tuvo numerosos rostros que partieron del poeta, al eterno enamorado (tuvo tres matrimonios), estudiante de Pedagogía, de Francés, político, funcionario de gobierno comunista, Premio Nobel, exiliado político y de controvertida muerte (murió pocos días después del golpe militar pinochetista).
Escritor prolífico, amante de la vida y generoso en los temas de su poesía. En 1956 escribió su hermosa «Oda al Hígado» que a continuación reproducimos:
Modesto, organizado amigo, trabajador profundo, déjame darte el ala de mi canto, el golpe de aire, el salto de mi oda: ella nace de tu invisible máquina, ella vuela desde tu infatigable y encerrado molino, entraña delicada y poderosa, siempre viva y oscura.
Mientras el corazón suena y atrae la partitura de la mandolina, allí adentro tú filtras y repartes, separas y divides, multiplicas y engrasas, subes y recoges los hilos y los gramos de la vida, los últimos licores, las íntimas esencias. Víscera submarina, medidor de la sangre, vives lleno de manos y de ojos, midiendo y trasvasando en tu escondida cámara de alquimista.
Amarillo es tu sistema de hidrografía roja, buzo de la más peligrosa profundidad del hombre, allí escondido siempre, sempiterno, en la usina, silencioso.
Y todo sentimiento o estímulo creció en tu maquinaria, recibió alguna gota de tu elaboración infatigable, al amor agregaste fuego o melancolía, una pequeña célula equivocada o una fibra gastada en tu trabajo y el aviador se equivoca de cielo, el tenor se derrumba en un silbido, al astrónomo se le pierde un planeta.
Cómo brillan arriba los hechiceros ojos de la rosa, los labios del clavel matutino! Cómo ríe en el río la doncella! Y abajo el filtro y la balanza, la delicada química del hígado, la bodega de los cambios sutiles: nadie lo ve o lo canta, pero, cuando envejece o desgasta su mortero, los ojos de la rosa se acabaron, el clavel marchitó su dentadura y la doncella no cantó en el río.
Austera parte o todo de mi mismo, abuelo del corazón, molino de energía: te canto y temo como si fueras juez, metro, fiel implacable, y si no puedo entregarme amarrado a la pureza, si el excesivo manjar o el vino hereditario de mi patria pretendieron perturbar mi salud o el equilibrio de mi poesía, de ti, monarca oscuro, distribuidor de mieles y venenos, regulador de sales, de ti espero justicia: Amo la vida: Cúmpleme!
Trabaja! No detengas mi canto.
Pablo Neruda