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miércoles, 19 agosto 2026
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¿Pueden la nutrición y el ejercicio disminuir la fragilidad antes de un trasplante hepático?

Introducción

La cirrosis es la etapa final de la enfermedad hepática crónica. Afecta a alrededor de 120 millones de personas en el mundo y ocasiona cerca de 2 millones de muertes cada año. Además, se encuentra entre las principales causas de pérdida de años de vida saludable a nivel mundial. Sus principales complicaciones incluyen la insuficiencia hepática, las alteraciones derivadas de la hipertensión portal y el carcinoma hepatocelular. Sin embargo, las herramientas utilizadas actualmente para estimar el pronóstico no siempre permiten predecir con precisión la evolución de los pacientes. Ante esta limitación, la fragilidad ha cobrado importancia como una manifestación relevante de la cirrosis.

Ahora bien, la fragilidad es un síndrome multidimensional inicialmente identificado en la población geriátrica. En concreto, es una disminución de la reserva fisiológica y una menor capacidad para responder y recuperarse ante situaciones que afectan la salud, lo que aumenta el riesgo de presentar resultados adversos. Los principales factores asociados con la fragilidad física son la desnutrición, la inmovilidad y la sarcopenia, aunque también intervienen factores clínicos, psicológicos y socioambientales. Existe una herramienta validada para medir de manera objetiva la función física de los pacientes con cirrosis (Índice de Fragilidad Hepática [IFH]). Se considera que un IFH≥ 3.2 indica algún grado de fragilidad; los valores entre 3.2 y 4.4 corresponden a prefragilidad, mientras que un IFH ≥ 4.5 se clasifica como fragilidad.

Estudios previos han mostrado la importancia clínica de la fragilidad. En pacientes en lista de espera para trasplante hepático, un IFH ≥ 4.5 se ha asociado con un aumento del 82 % en el riesgo de mortalidad, independientemente de la puntuación MELD-Na, la presencia de ascitis y la encefalopatía hepática. Además, se estima que el IFH puede empeorar en aproximadamente la mitad de los candidatos mientras esperan el trasplante. Por otro lado, se han hecho revisiones de ensayos aleatorizados, los cuales mostraron que las intervenciones nutricionales y de ejercicio físico pueden mejorar la aptitud física, la fuerza muscular y la calidad de vida, aunque los resultados han sido variables. A pesar de esto, la evidencia sobre la eficacia de combinar ambas estrategias para abordar la fragilidad en pacientes con cirrosis, sigue siendo limitada. Ante esta situación, Benítez y colaboradores, investigadores de distintas instituciones chilenas, buscaron evaluar el efecto de una intervención simultánea de nutrición y ejercicio físico sobre la fragilidad, medida mediante el IFH. Su interesante trabajo fue publicado en la revista Annals of Hepatology, recientemente.

Objetivo

Evaluar la eficacia de una estrategia que combina intervención nutricional y ejercicio físico para reducir la fragilidad en pacientes con cirrosis, medida mediante el Índice de Fragilidad Hepática (IFH).

Metodología

Los participantes fueron pacientes con cirrosis que se encontraban en lista de espera para un trasplante hepático y presentaban algún grado de fragilidad (IFH ≥ 3.2). Para participar, debían ser capaces de caminar y seguir las indicaciones necesarias para realizar la intervención. Se excluyeron aquellos con enfermedades o complicaciones graves que pudieran limitar su movilidad o impedir que realizaran el programa de manera segura. Todos los participantes otorgaron su consentimiento informado.

Los participantes fueron asignados al azar a uno de dos grupos. Con base en estudios previos, los investigadores calcularon que se necesitaban al menos 31 participantes por grupo para detectar diferencias relevantes en el IFH.

  1. Grupo control (34 participantes): Recibieron las recomendaciones habituales para pacientes en espera de trasplante hepático, que incluían mantenerse físicamente activos y seguir guías de alimentación saludable.
  2. Grupo de intervención (32 participantes): Siguieron un programa estructurado que combinaba nutrición y ejercicio físico. Los participantes de este grupo realizaron sesiones de ejercicio de intensidad moderada, supervisadas por un fisioterapeuta entre dos y tres veces por semana, que incluían actividad aeróbica (20-30 minutos por sesión) y ejercicios de fortalecimiento muscular. Además, recibieron un plan nutricional adaptado a sus necesidades y seguimiento periódico por parte de un nutriólogo clínico.

El estudio tuvo una duración de 12 semanas, en las cuales los participantes fueron evaluados al inicio y posteriormente cada cuatro semanas. Adicionalmente, recibieron seguimiento telefónico cada dos semanas para favorecer el cumplimiento de las indicaciones. Durante las evaluaciones, los investigadores analizaron el IFH, la velocidad de la marcha y distintas medidas antropométricas. Además, evaluaron la calidad de vida al inicio y al final del estudio.

Para conocer en qué medida los participantes siguieron las indicaciones, los investigadores evaluaron por separado el cumplimiento de las recomendaciones de alimentación y ejercicio. También registraron el número de sesiones de fisioterapia completadas durante las 12 semanas y utilizaron registros dietéticos para evaluar el seguimiento de las recomendaciones nutricionales. Se consideró que la adherencia era satisfactoria cuando los participantes indicaban seguir las instrucciones al menos con bastante frecuencia.

Resultados

En la tabla 1, se observan las condiciones basales de ambos grupos, destacando que, hubo igualdad en los parámetros demográficos (edad y género), la prevalencia de enfermedades concomitantes, así como los parámetros de la fuerza muscular.

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Hallazgos sobre el Índice de fragilidad hepática (IFH) y reversión de la fragilidad

Después de 12 semanas, el grupo que recibió la intervención nutricional y de ejercicio presentó mejores resultados que el grupo control:

  • Disminución del grado de fragilidad: el IFH disminuyó 0.40 puntos en el grupo de intervención, frente a 0.14 puntos en el grupo control (p = 0.02). Esta diferencia es clínicamente relevante, ya que una reducción de al menos 0.3 puntos en el IFH se considera significativa desde el punto de vista clínico.


Fig 1.Cambio absoluto en el IFH a lo largo de las 12 semanas del estudio en ambos grupos. Elaborada con asistencia de inteligencia artificial a partir de información de Benítez et al. (2026). 

  • Mayor reducción de la fragilidad: la proporción de pacientes clasificados como frágiles disminuyó 28.1 % en el grupo de intervención, frente a 8.8 % en el grupo control (p = 0.02).

Figura 2
Fig 2. Reducción de la proporción de pacientes frágiles al final del estudio en cada grupo. Elaborada con asistencia de inteligencia artificial a partir de información de Benítez et al. (2026). 

  • Menor proporción de pacientes permaneció con fragilidad: al finalizar el estudio, el 15.6 % del grupo de intervención continuaba clasificado como frágil, frente al 23.5 % del grupo control.

Hallazgos de factores asociados con la reversión de la fragilidad

  • El sexo masculino, la velocidad de la marcha y el IFH al inicio del estudio se asociaron con la reversión de la fragilidad. Sin embargo, al considerar conjuntamente los distintos factores, el IFH inicial y pertenecer al grupo de intervención fueron los principales predictores independientes de la reversión.

 

Tabla 1

Mejoría del IFH y resultados de la calidad de vida

  • El 39.3 % de los pacientes logró una mejoría clínicamente relevante del IFH, definida como una reducción de al menos 0.3 puntos.
  • La mejoría fue más frecuente en el grupo de intervención (48.4 %) que en el grupo control (32.4 %), aunque la diferencia no fue estadísticamente significativa.
  • Los autores identificaron al sexo masculino, una velocidad de marcha reducida y un IFH inicial más alto como factores relacionados con la mejoría. Al analizarlos conjuntamente, solo el IFH inicial se mantuvo como predictor independiente.
  • En cuanto a la calidad de vida, el grupo de intervención presentó una mejora significativa específicamente en el dominio de actividad del Cuestionario de Enfermedad Hepática Crónica (CLDQ). No se encontraron diferencias significativas en la puntuación global ni en los demás dominios evaluados.
  • El cumplimiento de las recomendaciones de ejercicio fue similar entre ambos grupos: 68.6 % en el grupo de intervención y 79.2 % en el grupo control.
  • El número de sesiones realizadas también fue similar: 36 en promedio en el grupo de intervención y 31 en el grupo control.
  • En contraste, la adherencia a las recomendaciones nutricionales fue mayor en el grupo de intervención 73.4 % que en el grupo control 57.1 % (p = 0.049).

Discusión

Los resultados muestran que combinar ejercicio físico supervisado con una intervención nutricional puede contribuir a reducir la fragilidad en pacientes con cirrosis en espera de un trasplante hepático. Después de 12 semanas, el grupo de intervención presentó una mayor reducción de la fragilidad que el grupo control, y pertenecer a este grupo fue uno de los factores que predijo de manera independiente su reversión. El IFH inicial también tuvo un papel importante, lo que sugiere que esta estrategia podría ser especialmente relevante para los pacientes con mayor fragilidad. Además, se observó una mejoría en el componente de actividad física de la calidad de vida, sin un aumento de efectos adversos.

Estos hallazgos respaldan la importancia de abordar la fragilidad mediante estrategias que integren nutrición, ejercicio y seguimiento profesional, en lugar de considerar estos componentes de manera aislada. Sin embargo, los resultados podrían no aplicarse a todos los pacientes con cirrosis, ya que el estudio incluyó únicamente a personas en espera de un trasplante hepático y con determinadas condiciones de salud. Además, el seguimiento frecuente por especialistas podría ser difícil de implementar en algunos centros. De igual modo, aún se desconoce si los beneficios se mantienen a largo plazo. Por ello, serán necesarios estudios más amplios y diversos para confirmar estos resultados y determinar la viabilidad de incorporar este tipo de intervención a la atención habitual de pacientes con cirrosis.

El Dr. Jorge Luis Poo considera este estudio práctico y relevante. Práctico, porque combina dos medidas accesibles —ejercicio físico y apoyo nutricional— que podrían implementarse en pacientes semejantes de nuestro medio. Relevante, porque reducir la fragilidad puede significar llegar en mejores condiciones al trasplante, además de favorecer la capacidad física y la calidad de vida. En solo 12 semanas, la intervención logró una mayor reducción del índice de fragilidad hepática y disminuyó significativamente la proporción de pacientes frágiles.

Sin embargo, quedan interrogantes. La adherencia a las intervenciones fue moderada, pese al seguimiento periódico, lo que subraya la dificultad de sostener estas medidas en la vida real. Además, el estudio fue breve y no informa cuántos pacientes finalmente fueron trasplantados en cada grupo ni si la mejoría de la fragilidad se tradujo en menos hospitalizaciones, complicaciones, trasplantes exitosos o mayor supervivencia.

 

Referencias

  1. Benítez, C., Reyes, D., Grandy, C., Thomas, I., Lavados, N., Kim, N., Gálvez, A., Valdés, S., Contreras, S., & Candia, R. (2026). Simultaneous physical and nutritional intervention reduces frailty in patients with cirrhosis listed for liver transplantation: a randomized controlled trial. Annals of Hepatology, 31(1), 102114. https://doi.org/10.1016/j.aohep.2025.102114

 

Articulo de divulgación resumido y preparado por:

Fernanda Salinas Iglesias, alumna de BioCiencias del Tecnológico de Monterrey, CCM
A01657679@tec.mx