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viernes, 27 febrero 2026
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¿Realmente quieres cambiar tu cuerpo o quieres que cambie cómo te tratan?

  • Escrito por Nut. Valeria Villanueva Mancilla
  • Publicado en Especialistas

En consulta es frecuente escuchar frases como: “si bajo cinco kilos me voy a sentir mejor.” “cuando esté más delgada voy a tener más seguridad.”“cuando me vea diferente, todo va a cambiar.”

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a analizar qué significa realmente ese “sentirme mejor”.
¿Estamos hablando del cuerpo… o del lugar que creemos que ese cuerpo ocupará en el mundo?

El deseo de cambiar el cuerpo rara vez es únicamente fisiológico. Con frecuencia, está profundamente ligado a una expectativa social: ser más aceptados, más admirados, más deseados o menos cuestionados.

El cerebro y la aprobación social

Desde la neurociencia, la aprobación social activa los mismos circuitos de recompensa asociados con estímulos placenteros. La validación externa genera liberación de dopamina, reforzando conductas que aumentan la sensación de pertenencia.

La teoría de pertenencia (Baumeister & Leary, 1995) plantea que los seres humanos tenemos una necesidad fundamental de formar vínculos y sentir aceptación de los demás. Evolutivamente, pertenecer aumentaba las probabilidades de supervivencia.

En este contexto, si culturalmente ciertos cuerpos reciben mayor validación, el cerebro aprende rápidamente una asociación: cambiar el cuerpo puede significar aumentar la aceptación.

No es superficialidad. Es aprendizaje social.

Cultura, delgadez y privilegio corporal

Vivimos en una sociedad donde determinados estándares físicos reciben beneficios visibles: más elogios, más atención, más oportunidades sociales y menos comentarios sobre el cuerpo

La delgadez, el cuerpo “definido” o el aspecto fitness no solo se asocian con estética, sino con disciplina, autocontrol con la comida y la defección de éxito en la vida (a ese nivel).

Cuando alguien dice “quiero bajar de peso”, muchas veces lo que también está diciendo es:“quiero sentir que encajo mejor.” La pregunta clínica relevante no es solo cuánto peso se quiere perder, sino qué se espera que cambie cuando eso ocurra.

¿Qué crees que va a mejorar cuando tu cuerpo cambie?

En consulta, cuando se explora esta pregunta con profundidad, aparecen respuestas que trascienden el físico: “voy a sentirme más segura.”, “mi pareja me va a desear más.”, “me van a tomar más en serio.”, “ya no me voy a comparar tanto.”

El cuerpo se convierte entonces en un medio para alcanzar algo más profundo: seguridad, validación, pertenencia o valor personal. Sin embargo, cuando el cambio corporal ocurre y esas necesidades emocionales no se trabajan de forma paralela, el alivio suele ser parcial o temporal.

Muchas personas bajan de peso y continúan sintiéndose insuficientes.Otras desarrollan miedo intenso a recuperar lo perdido, reforzando ciclos de restricción y control; la tienen miedo a perder todo lo que ya consiguieron según ellos, por la nueva imagen delgada que tienen.

El conflicto nunca fue únicamente el cuerpo.

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El costo fisiológico de buscar aprobación

Cuando la motivación para cambiar el cuerpo está basada en validación externa, es frecuente observar conductas sostenidas en el tiempo como: restricción calórica crónica, sobreentrenamiento, ansiedad por el control alimentario y el miedo persistente a variaciones mínimas de peso

Desde el punto de vista metabólico, estos patrones pueden generar alteraciones hormonales, elevación sostenida de cortisol, irregularidades menstruales, pérdida de masa muscular y afectación en la regulación del apetito.

Paradójicamente, la búsqueda de aceptación a través del cuerpo puede terminar deteriorando la relación con él.

Cambiar el cuerpo no siempre cambia el trato

Existe también una dimensión social que vale la pena cuestionar con mayor profundidad: si el trato mejora únicamente cuando el cuerpo se ajusta a un estándar, el problema no radica en el cuerpo individual, sino en el sistema que asigna valor basado en apariencia.

Diversos estudios en psicología social han documentado que los cuerpos que se acercan al ideal dominante reciben lo que se conoce como privilegio corporal: mayor percepción de competencia, mayor simpatía inicial, menor estigmatización y, en algunos contextos, incluso mejores oportunidades laborales. Este fenómeno no es imaginario ni exagerado; está descrito como sesgo por peso.

Cuando una persona experimenta que, tras perder peso, recibe más atención, más elogios o un trato más amable, el cerebro registra una relación directa entre tamaño corporal y aceptación social. Esa experiencia refuerza una narrativa interna poderosa: “cuando soy más delgado, soy más valioso”.

El riesgo psicológico de esta dinámica es sutil pero profundo. La validación se vuelve condicionada. No es “te valoro por quien eres”, sino “te valoro cuando encajas”. Y esa diferencia transforma la relación con el propio cuerpo.Si el respeto aumenta cuando el cuerpo cambia, el mensaje implícito es que el respeto estaba condicionado desde el inicio.

Además, esta lógica instala una idea peligrosa: ocupar menos espacio físico equivale a ocupar un lugar más seguro socialmente. Para muchas personas, especialmente mujeres, la delgadez se convierte inconscientemente en una estrategia de adaptación: ser más aceptadas, menos juzgadas, menos criticadas.

Sin embargo, ningún estándar corporal elimina por completo la vulnerabilidad humana. Personas que alcanzan el “cuerpo ideal” pueden seguir experimentando inseguridad, comparación constante y miedo a perder lo conseguido. Porque cuando el valor depende del tamaño, nunca es estable; siempre puede ponerse en riesgo.

El valor personal no es un porcentaje de grasa corporal.

Integrar salud sin perder perspectiva

Desear mejorar la composición corporal no es negativo por sí mismo. Buscar mayor fuerza, energía o bienestar metabólico puede ser un objetivo legítimo y saludable.

La diferencia radica en la motivación.

Cambiar el cuerpo desde el autocuidado es distinto a cambiarlo desde la creencia de que así se será más digno de respeto o amor.

Antes de iniciar cualquier proceso de modificación corporal, puede ser útil preguntarse con honestidad:

¿quiero cambiar mi cuerpo o quiero cambiar cómo me siento conmigo mismo cuando el mundo me mira?

Reflexión final

Cambiar el cuerpo puede modificar la manera en que otros nos perciben, pero no siempre transforma la manera en que nos experimentamos internamente.

Si el trato mejora únicamente cuando el cuerpo se acerca a un estándar, la pregunta incómoda no es cuánto peso deberíamos perder, sino cuánto valor estamos dispuestos a seguir condicionando.

Desde pequeños aprendemos, muchas veces sin que nadie lo diga explícitamente, que ciertos cuerpos reciben más aprobación. Los comentarios aparentemente inofensivos “te ves mejor así”, “ahora sí te favorece”, “sigue así”, van construyendo una asociación silenciosa entre tamaño y merecimiento.

Con el tiempo, esa asociación puede internalizarse. Dejamos de buscar únicamente salud y comenzamos a buscar seguridad. Dejamos de querer energía y empezamos a querer validación. El cuerpo se convierte en estrategia. Pero ningún cuerpo, por perfecto que parezca, puede sostener una identidad construida únicamente desde la aprobación externa. Porque cuando el valor depende de cómo se ve, también depende de que nunca cambie.

Y los cuerpos cambian. Siempre cambian.

La verdadera estabilidad no proviene de ocupar menos espacio físico, sino de ocupar el propio espacio con dignidad, independientemente de la talla, el porcentaje de grasa o la opinión del entorno.Cuestionar esta dinámica no implica dejar de desear bienestar físico. Implica ampliar la conversación. Implica reconocer que el deseo de cambiar el cuerpo puede esconder un deseo más profundo: sentir que somos suficientes tal como estamos.

Tal vez la pregunta no sea cuánto debería cambiar mi cuerpo. Tal vez la pregunta sea por qué creo que necesito cambiarlo para merecer un trato diferente.

GALLETAS DE ALMENDRA Y CHISPAS DE CHOCOLATE 70%

galletas de almendra y chocolaye 2INGREDIENTES (8 GALLETAS)

  • 1 taza harina de almendra (100 g)
  • 1 huevo grande
  • 2 cdas miel o monk fruit granulado (30 g aprox.)
  • 1 cdita extracto de vainilla natural
  • 1 pizca de sal
  • ½ cdita polvo para hornear
  • ¼ taza chispas de chocolate 70% cacao (40 g)
  • 1 cda aceite de coco derretido

PREPARACIÓN

  1. Precalienta el horno a 180°C.
  2. Mezcla la harina de almendra, polvo para hornear y sal.
  3. Incorpora el huevo, la miel (o endulzante), la vainilla y el aceite de coco.
  4. Agrega las chispas de chocolate y mezcla hasta integrar.
  5. Forma 8 bolitas y aplánalas ligeramente sobre una charola con papel encerado.
  6. Hornea de 10 a 12 minutos hasta que los bordes estén dorados.
  7. Deja enfriar 5 minutos antes de moverlas (se endurecen al enfriar).

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

  1. Baumeister, R. F., & Leary, M. R. (1995). The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation. Psychological Bulletin, 117(3), 497–529. https://doi.org/ 10.1037/0033-2909.117.3.497
  2. Puhl, R. M., & Heuer, C. A. (2009). The stigma of obesity: A review and update. Obesity, 17(5), 941–964. https://doi.org/10.1038/oby.2008.636
  3. Tomiyama, A. J. (2014). Weight stigma is stressful. A review of evidence for the cyclic obesity/weight- based stigma model. Appetite, 82, 8–15. https://doi.org/10.1016/j.appet.2014.06.10.
  4. Tylka, T. L., & Wood-Barcalow, N. L. (2015). The Body Appreciation Scale-2: Item refinement and psychometric evaluation. Body Image, 12, 53–67. https://doi.org/10.1016/j.bodyim.2014.09.006

Si quieres trabajar tu relación con la comida y avanzar sin compararte, puedo acompañarte en consulta.

 

Lic. Nut. Valeria Villanueva Mancilla

CÉDULA PROFESIONAL: 13783038

Consultas online y presencial: 9613592780

Correo: valeriavillanuevam@outlook.com 

Maestría en Trastornos de la Conducta Alimentaria y Psicología