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miércoles, 06 mayo 2026
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La sociedad del rencor: una aproximación filosófica

  • Escrito por Dr. Jorge Luis Poo
  • Publicado en Especialistas

Vivimos en una época en la que las palabras circulan con rapidez, pero las emociones no siempre se disuelven al mismo ritmo. Algunas se transforman, otras se apaciguan, y otras encuentran formas sutiles de permanecer, ya sea como aprendizaje o como carga silenciosa.

La ira no es ajena al ser humano. Nos ha acompañado desde siempre. No son errores del carácter ni simples debilidades, sino fuerzas que han tenido un papel en nuestra supervivencia, en la defensa de lo propio y en la búsqueda de justicia. Surge cuando percibimos una amenaza, una injusticia o una herida. En su origen, tiene algo de protector: nos alerta, nos moviliza, nos recuerda que algo importa. Sin embargo, no siempre se disipa con la misma rapidez con la que aparece. Cuando se queda, se repite en la memoria y se alimenta de interpretaciones no revisadas, puede transformarse en rencor: una forma más silenciosa y persistente de habitar el dolor.

A lo largo de la historia, la filosofía ha intentado comprender estas emociones sin reducirlas a simples defectos del carácter. Desde quienes pensaron que la ira debía ser medida y encauzada, hasta quienes buscaron disolverla mediante la razón o la serenidad del alma, el problema nunca ha sido solo sentirla, sino entender qué hacemos con ella: distinguir entre lo que realmente ocurrió y lo que hemos construido a partir de ello.

Porque no todo lo que sentimos es falso, pero tampoco todo lo que sentimos es verdadero. La experiencia de la ira puede estar anclada en un hecho real, pero también puede expandirse en narrativas no cuestionadas. Y es en ese punto donde se vuelve necesario detenerse: observar, pensar, separar lo que depende de nosotros de lo que no, y preguntarnos si aquello que sostenemos como certeza es conocimiento o interpretación.

Este recorrido no busca negar la ira ni condenarla de inicio. Sería ingenuo hacerlo. Tampoco pretende ofrecer soluciones rápidas a emociones complejas. Más bien, propone un ejercicio distinto: mirar la ira y el rencor con atención filosófica, reconocer su lugar en la vida humana y explorar si es posible relacionarnos con ellos con mayor lucidez.

Porque tal vez el problema no es que la ira exista, sino que, sin darnos cuenta, terminemos cediéndole el lugar desde el cual interpretamos el mundo: cuando ya no somos nosotros quienes pensamos sobre lo ocurrido, sino que es la emoción la que define el sentido de lo vivido, organiza nuestros juicios y delimita nuestras respuestas.

¿Qué ocurre cuando la ira no es solo nuestra, sino de alguien a quien amamos, dirigida hacia nosotros mismos? ¿Hay algo que podamos hacer? La filosofía, desde hace siglos, ha intentado responder a estas preguntas.

Sobre el origen del conocimiento y sus variantes: una aproximación epistemológica

Oscuridad a luz

Si queremos comprender la ira y el rencor, no basta con describirlos: es necesario preguntarnos desde dónde los conocemos. Porque no es lo mismo sentir algo que entenderlo, ni percibir un agravio que haberlo examinado.

Desde sus inicios, la filosofía ha distinguido entre dos grandes fuentes del conocimiento: aquello que proviene de los sentidos y aquello que surge de la reflexión. Los sentidos nos ofrecen una primera aproximación al mundo —vemos, escuchamos, experimentamos—, pero no siempre garantizan verdad. La razón, en cambio, permite ordenar, cuestionar y, en ocasiones, corregir lo percibido.

Ya en la antigüedad, Platón advertía sobre esta tensión. En sus diálogos sugiere que los sentidos ofrecen apenas una versión incompleta de la realidad, una superficie que requiere ser interrogada. Esta idea encuentra su expresión más célebre en La República, en el “mito de la caverna” (Libro VII), donde unos prisioneros, encadenados desde su nacimiento, solo ven sombras proyectadas en una pared y las toman por la realidad misma.

La fuerza de esta imagen no reside solo en su valor narrativo, sino en su alcance filosófico: lo percibido puede ser una representación parcial, mientras que el conocimiento verdadero implica un proceso de liberación y transformación interior. Como señala Platón, «lo visible es objeto de opinión, lo inteligible de conocimiento», marcando una distinción que atraviesa toda la tradición filosófica.

Siglos después, René Descartes radicaliza esta desconfianza hacia los sentidos. En sus Meditaciones metafísicas, pone en duda todo aquello que puede ser engañoso para encontrar un punto firme en el acto mismo de pensar. De ahí su célebre formulación: «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum), que sitúa en la reflexión el fundamento del conocimiento seguro.

Por otro lado, la tradición empirista, representada por David Hume, concede a la experiencia un papel central, pero introduce una advertencia decisiva. En su Investigación sobre el entendimiento humano, distingue entre impresiones (vivencias inmediatas) e ideas (copias más débiles), y muestra cómo el entendimiento va más allá de lo percibido, construyendo relaciones que no están dadas directamente en la experiencia. Así, conceptos como la causalidad no provienen de una percepción objetiva, sino de la costumbre de haber visto hechos asociados repetidamente. El entendimiento no solo recibe el mundo: lo organiza, lo anticipa y, en ocasiones, lo distorsiona.

Esta idea tiene implicaciones profundas para la comprensión de la ira. Porque al experimentar una emoción intensa no solo registramos un hecho, sino que tendemos a completarlo con inferencias e intenciones no examinadas. En palabras de Hume: «Todos los razonamientos relativos a cuestiones de hecho parecen fundarse en la relación de causa y efecto» (Hume, 1748). Pero esa relación —nos recuerda— no es percibida directamente, sino asumida.

Esta tensión entre percepción y razón se manifiesta de forma concreta en las emociones. La ira puede surgir de un hecho real, pero lo que construimos a partir de ello puede no haber sido examinado. Lo sentido se transforma en interpretación, y la interpretación, si no se revisa, puede asumirse como verdad.

Aquí es donde la tradición estoica ofrece una clave valiosa. Epicteto distingue entre lo que ocurre y el juicio que hacemos sobre ello. En su Enquiridión, afirma: «No son las cosas las que perturban a los hombres, sino los juicios que hacen sobre ellas» (Epicteto, s. I–II d. C.). Esta idea no niega la experiencia, sino que introduce una distinción decisiva entre el acontecimiento y su interpretación. Así, aunque no siempre elegimos lo que sucede, sí participamos en la forma en que lo comprendemos.

El conocimiento que nace únicamente de la percepción puede ser inmediato, pero también frágil. El que pasa por la reflexión introduce una distancia que permite comprender y transformar lo vivido. No se trata de oponer sentidos y razón, sino de reconocer que sin este segundo movimiento —pensar lo sentido— corremos el riesgo de habitar interpretaciones no examinadas.

En el contexto de la ira y el rencor, esta distinción es decisiva. Hay dolores reales, pero las historias que construimos alrededor de ellos no siempre lo son. Y es en ese espacio, entre lo que ocurrió y lo que creemos que ocurrió, donde se juega buena parte de nuestra libertad interior.

Definiendo a la ira y el rencor, una aproximación práctica

La ira es, en su forma más inmediata, una respuesta emocional ante la percepción de daño, injusticia o amenaza. Su raíz etimológica proviene del latín ira, que ya en la antigüedad designaba una agitación intensa del ánimo, una fuerza que irrumpe y moviliza. En ese sentido, no es necesariamente un error: es una señal. Nos indica que algo ha sido vulnerado o que percibimos un quiebre en el orden de lo que consideramos justo.

El rencor, en cambio, introduce una dimensión temporal. Derivado del latín rancor —relacionado con lo rancio, lo que permanece y se descompone—, alude a una emoción que no se disuelve, sino que se conserva, se repite y, en ocasiones, se intensifica en la memoria. Si la ira pertenece al instante, el rencor pertenece a la permanencia. Desde una perspectiva práctica, esta distinción es crucial. La ira puede ser breve, incluso funcional; el rencor implica una elaboración —consciente o no— que mantiene vivo el agravio. Como advertía Aristóteles, «cualquiera puede enfadarse, eso es fácil; pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso no es tan fácil» (Ética a Nicómaco, s. IV a. C.).

Que estas dos palabras sigan vigentes no es casual. Nombran experiencias constantes. Aunque las formas de vida cambien, la estructura emocional persiste: seguimos percibiendo agravios, interpretando intenciones y recordando. Y es en ese tránsito —del sentir al interpretar y del interpretar al recordar— donde la ira puede encontrar su cauce… o convertirse en rencor.

Tipos de ira y de rencor en la historia antigua y en nuestros días

Enojo hombre mujer

La ira no ha sido entendida de una sola manera a lo largo de la historia. Los filósofos antiguos distinguieron entre formas inmediatas, reactivas y, en ciertos casos, justificables, y otras más persistentes, cercanas al rencor, que pueden distorsionar el juicio. Para Aristóteles, la ira (orgē) podía tener un lugar legítimo en la vida moral, siempre que se mantuviera dentro de ciertos límites. No se trataba de eliminarla, sino de educarla: dirigirla hacia el objeto correcto, en la medida adecuada. En este sentido, puede hablarse de una ira proporcional, vinculada a la percepción de una injusticia concreta.

En contraste, los estoicos, como Séneca, adoptaron una postura más radical. En su tratado De ira, la describe como una pasión que compromete la razón y conduce al exceso. Para ellos, no debía moderarse, sino evitarse en la medida de lo posible, pues implicaba un error de juicio. Como afirma Séneca: «La ira, si no es contenida, es con frecuencia más dañina que la injuria que la provoca» (Séneca, s. I d. C.).

Con Friedrich Nietzsche, el análisis adquiere una dimensión más profunda y social. Su concepto de ressentiment describe una forma de rencor que no se expresa abiertamente, sino que se interioriza y reinterpreta la realidad desde la herida. No es una ira explosiva, sino contenida, capaz de moldear valores y juicios. En nuestros días, la psicología y la psiquiatría han ampliado estas distinciones. Se habla de ira reactiva, como respuesta inmediata ante una amenaza; de ira instrumental, utilizada deliberadamente para influir; y de rencor crónico, asociado a la rumiación constante del agravio. Estas categorías, aunque más técnicas, no están lejos de las intuiciones clásicas: hoy comprendemos mejor los mecanismos, pero el fenómeno humano sigue siendo el mismo.

Como sugiere Martha Nussbaum, la ira suele estar ligada a una idea de compensación por el daño sufrido, pero no siempre conduce a soluciones constructivas: «La ira incluye típicamente el deseo de que el ofensor sufra por el daño causado» (Nussbaum, 2016). Así, desde la antigüedad hasta nuestros días, podemos reconocer dos grandes formas: una ira breve, vinculada a la defensa o la justicia, y un rencor prolongado, que fija el pasado en el presente. Comprender esta diferencia no elimina la emoción, pero permite relacionarnos con ella de manera más consciente.

Ira entre parejas e ira dirigida a los padres: ejemplos a través de la historia de la humanidad

Pocas formas de ira son tan intensas —y dolorosas— como aquellas que se dirigen hacia quienes más cerca están de nosotros. En la vida de pareja y en la relación con los padres, la emoción no solo reacciona ante hechos concretos, sino que se entrelaza con expectativas, historias compartidas y vínculos profundos. Por ello, cuando emerge, rara vez es leve o pasajera: toca identidades, memorias y, en ocasiones, heridas no resueltas.

La historia de la humanidad, tanto en sus relatos filosóficos como literarios, ofrece innumerables ejemplos de estos conflictos. Desde las tragedias griegas, donde los lazos familiares se ven atravesados por el resentimiento, hasta la vida cotidiana contemporánea, el patrón se repite: cuanto mayor es la cercanía, mayor es también la intensidad de la ira. No porque el vínculo sea débil, sino precisamente porque es significativo.

Sin embargo, esta forma de ira encierra una paradoja. Aunque suele justificarse como defensa, respuesta al agravio o intento de corrección, en la práctica logra poco de lo que promete. Rara vez restituye lo perdido o repara el vínculo; con mayor frecuencia, lo erosiona. Lo que inicia como reacción puede convertirse en distancia, silencio o ruptura. Como advertía Séneca: «La ira, si no es contenida, es con frecuencia más dañina que la injuria que la provoca» (Séneca, s. I d. C.).

En la relación con los padres, la tradición ética y religiosa ha insistido en un principio ordenador. El llamado “cuarto mandamiento” no es solo una norma externa, sino un reconocimiento de la estructura misma de la vida humana: somos, en gran medida, fruto de otros. En este sentido, el mandato: «Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Éxodo 20,12), puede leerse no solo como obediencia, sino como continuidad, reconocimiento y sentido. Honrar no implica negar conflictos, sino situarlos en un horizonte más amplio, donde la relación no quede definida únicamente por el agravio.

El Catecismo de la Iglesia Católica profundiza en esta idea al señalar que el respeto filial contribuye no solo al orden familiar, sino también a la estabilidad social, recordando que el vínculo con los padres es, en muchos sentidos, el primer espacio donde aprendemos a relacionarnos con la autoridad, la gratitud y el límite (Catecismo de la Iglesia Católica, 1992).

En la vida de pareja ocurre algo semejante. La ira puede surgir con fuerza, pero cuando se instala como rencor, deja de ser una reacción momentánea y comienza a redefinir la relación. Lo que antes era cercanía se vuelve interpretación constante; lo que era diálogo, se transforma en defensa. Así, tanto en la familia como en la pareja, la ira no es un fenómeno aislado, sino una experiencia profundamente humana que, si no es comprendida, puede terminar erosionando precisamente aquello que le dio origen: el vínculo.

Remedios viejos y nuevos contra la ira: una aproximación filosófica y clínica

La tradición filosófica no ha ignorado la ira; la ha examinado con cuidado, reconociendo tanto su fuerza como su riesgo. Siguiendo un método cercano al escolástico, podríamos formular la cuestión así: ¿debe la ira ser eliminada, moderada o comprendida?

Algunos, como los estoicos, sostuvieron que debía evitarse en la medida de lo posible, por surgir de juicios erróneos. Otros, como Aristóteles, consideraron que podía tener un lugar si era proporcionada y orientada correctamente. Hoy, la psicología clínica añade un matiz relevante: la ira no solo debe regularse, sino comprenderse en su origen y en su narrativa.

No se trata de negar la ira ni de condenarla, sino de no permitir que determine el modo en que respondemos. En este punto, la tradición estoica ofrece una enseñanza sobria. Marco Aurelio, emperador y filósofo, no escribió desde la teoría abstracta, sino desde la experiencia. En sus Meditaciones, insiste en no reproducir el daño recibido. En ese sentido, afirma: «La mejor manera de vengarse es no parecerse a quien causó el daño» (Marco Aurelio, s. II d. C.).

Desde una perspectiva contemporánea, Viktor Frankl introduce un matiz decisivo: «Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias—» (Frankl, 1946). La vida actual transcurre en una tensión constante. Las exigencias se multiplican, las respuestas no siempre llegan y la sensación de ser escuchados suele ser insuficiente. En este contexto, la ira deja de ser un episodio aislado y se convierte en un estado recurrente, casi en un lenguaje compartido.

La experiencia del agravio —real o percibido— se acumula, se repite y encuentra eco en otros. Así, lo que inicia como emoción puntual puede transformarse en una forma de interpretar la realidad: anticipar la injusticia, confirmar la decepción, sostener la memoria del daño. El rencor no aparece de manera súbita; se construye a partir de experiencias no elaboradas, diálogos interrumpidos y expectativas no cumplidas.

La sociedad del agravio

La vida actual no solo está marcada por la prisa o la exigencia, sino también por una forma particular de experiencia: la del agravio persistente. No siempre se trata de grandes injusticias, sino de una acumulación de pequeñas heridas, interpretaciones y decepciones que, con el tiempo, configuran una manera de estar en el mundo.

En este sentido, podría decirse que no solo vivimos en una sociedad donde existe el rencor, sino en una donde, con frecuencia, se habita desde él. La experiencia individual se amplifica, se confirma en otros, y termina por convertirse en una forma de lectura de la realidad. Los siguientes ejemplos no buscan juzgar, sino mostrar cómo la ira puede surgir, transformarse y fijarse como rencor. Pero también, cómo en cada caso permanece abierta la posibilidad de una respuesta distinta.

Caso 1: María, 19 años. Ira y rencor hacia su profesor.

María percibe una evaluación injusta. Su reacción inicial es comprensible; sin embargo, en un entorno donde la desconfianza hacia la autoridad académica es frecuente, su experiencia se amplifica. La ira se transforma en rencor al integrarse a una narrativa más amplia: “los profesores no escuchan”, “el sistema es arbitrario”.
Distinción: entre el hecho particular y su generalización social.
Remedio: volver al caso concreto (estoicismo) y someter la interpretación a contraste: distinguir entre una posible injusticia puntual y una atribución global no examinada.

Caso 2: Julieta, 42 años. Ira y rencor hacia sus compañeros de trabajo.

Julieta vive en un ambiente laboral competitivo. Pequeñas tensiones acumuladas, en un contexto donde el reconocimiento es escaso, se transforman en una lectura constante de agravio. La ira deja de responder a hechos aislados y se convierte en una forma de interpretar toda interacción.
Distinción: entre experiencias repetidas y construcción de una identidad de agravio.
Remedio: recuperar la proporcionalidad (Aristóteles) y abrir espacios de expresión deliberada; desde lo clínico, interrumpir la rumiación que sostiene el rencor.

Caso 3: Valentina, 55 años. Ira hacia un sistema de salud que no ofrece respuestas.
Valentina enfrenta una enfermedad crónica sin soluciones claras. Su ira no es infundada: surge de la frustración ante un sistema que percibe como insuficiente o indiferente. Sin embargo, con el tiempo, esa ira se expande y comienza a teñir toda su relación con la realidad: médicos, instituciones e incluso su propia historia quedan bajo la misma lectura.
Distinción: entre una falla real del sistema y la extensión totalizante de esa experiencia a todo lo vivido.
Remedio: aquí no basta con revisar el juicio; es necesario encontrar un equilibrio más exigente. Por un lado, reconocer con honestidad que existen ámbitos que no dependen de nosotros —la evolución de una enfermedad a fases más avanzadas, las limitaciones estructurales reales de un sistema de salud colapsado— y que resistirse a ellos de manera constante puede intensificar el sufrimiento. Por otro, no renunciar a la acción: canalizar la inconformidad hacia la búsqueda de alternativas, segundas opiniones, redes de apoyo o incluso formas de participación que contribuyan a mejorar las condiciones para otros.

Se trata, en última instancia, de un justo medio: no negar la injusticia, pero tampoco permitir que ella agote todas las posibilidades de respuesta. Como sugiere la tradición estoica, hay una diferencia entre lo que podemos cambiar y lo que no; pero también, desde una mirada contemporánea, una responsabilidad de actuar allí donde aún es posible incidir. Así, los remedios antiguos y modernos convergen en un punto común: no basta con sentir menos ira, es necesario pensarla mejor. Ni su negación absoluta ni su desbordamiento ofrecen salida. Entre ambos extremos, la reflexión —acompañada, cuando es necesario, por herramientas clínicas— abre un espacio donde la emoción puede ser comprendida sin convertirse en destino.

La gestión de la ira en sociedad: prevención, contención y responsabilidad

Derechos humanos

Si bien la filosofía invita a comprender y moderar la ira en el ámbito personal, la vida en sociedad exige también límites compartidos. No toda expresión de ira es inofensiva: cuando se traduce en ofensa, injuria o violencia, deja de ser solo una emoción y se convierte en un acto que afecta la dignidad de otros. Desde la perspectiva de los Derechos Humanos, esta distinción es fundamental. No se trata de juzgar la emoción en sí, sino de proteger a las personas frente a conductas que vulneran su integridad. Como establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos» (Asamblea General de las Naciones Unidas, 1948, art. 1).

Esta afirmación implica que ninguna forma de agresión puede considerarse legítima como forma de expresión emocional. En este contexto, la gestión de la ira requiere un enfoque doble: social e individual.

1. En el plano social: reconocer, prevenir y responder al daño
La sociedad no solo debe reaccionar ante la ira que daña, sino anticiparla y limitar su proliferación.

Advertencia y formación. Educar en el reconocimiento temprano de conductas agresivas y en la resolución pacífica de conflictos permite detectar, desde sus primeras manifestaciones, dinámicas que podrían escalar hacia el daño.

Prevención y contención: En ámbitos familiares, laborales e institucionales, los mecanismos de mediación y los protocolos de intervención temprana permiten frenar la escalada del conflicto antes de que se convierta en agresión.

Responsabilidad y consecuencia: Cuando el daño ocurre y se acredita, el derecho interviene. No como venganza, sino como protección del bien común y afirmación de límites necesarios. La sanción no niega la complejidad humana, pero establece que no toda conducta es aceptable.

2. En el plano individual: reconocer, prevenir y transformar la ira
Al mismo tiempo, la ira no solo se contiene desde fuera: también debe ser comprendida desde dentro.

Reconocimiento: Identificar el surgimiento de la ira —antes de que se transforme en rencor— es el primer paso para no quedar atrapado en su lógica.

Prevención: Comprender el ciclo ira–interpretación–rencor permite interrumpirlo antes de que se consolide como forma de pensamiento.

Transformación: Cuando la ira ya se ha instalado, el trabajo no consiste en negarla, sino en revisar los juicios que la sostienen, abrir nuevas interpretaciones y evitar que se convierta en una identidad permanente.

Así, la sociedad del rencor no se sostiene únicamente por quienes dañan, sino también por la incapacidad colectiva de interrumpir ese ciclo. Ni la sanción por sí sola, ni la introspección aislada son suficientes. Es en la combinación de ambas —límites externos y conciencia interna— donde se abre la posibilidad de una convivencia más justa. Porque, si bien no siempre podemos elegir lo que sentimos, sí es imprescindible responder —individual y colectivamente— por aquello que hacemos con ello.

Hacia una lucidez que no niegue lo humano

Hombre desesperado

Tal vez no vivimos solo en una sociedad de la prisa o de la información, sino también en una sociedad del rencor: una donde la experiencia del agravio, al no ser comprendida, se repite, se amplifica y, en ocasiones, se hereda. Pero reconocerlo no implica resignarse, ni mucho menos perpetuarlo.

La ira seguirá apareciendo —porque señala lo que importa, lo que duele, lo que consideramos injusto—. El problema no es su existencia, sino su destino. Cuando no es pensada, la ira se fija; cuando no es revisada, se convierte en rencor; y cuando el rencor se instala, comienza a definir no solo lo que sentimos, sino la manera en que habitamos el mundo.

Frente a ello, la tradición filosófica y la mirada clínica coinciden en algo esencial: entre lo que nos ocurre y lo que hacemos con ello existe un espacio. Un espacio breve, a veces frágil, pero decisivo. Ahí habita la posibilidad de no quedar determinados por la primera reacción, de no reducir la realidad a una sola interpretación, de no convertir el dolor en identidad.

No se trata de vivir sin ira, sino de no vivir desde ella. Porque, al final, quizá la tarea no sea erradicar estas emociones, sino impedir que se conviertan en el único lenguaje con el que nos relacionamos con los otros… y con nosotros mismos.

Referencias:

1. Platón. (2003). La República (Trad. J. M. Pabón y M. Fernández-Galiano). Gredos.
2. Epicteto. (1993). Enquiridión (Manual). Gredos.
3. Descartes, R. (2009). Meditaciones metafísicas (Trad. M. García Morente). Alianza. (Obra original publicada en 1641).
4. Hume, D. (2001). Investigación sobre el entendimiento humano. Alianza. (Obra original publicada en 1748).
5. Aristóteles. (2002). Ética a Nicómaco (Trad. J. Pallí Bonet). Gredos.
6. Séneca. (2010). De la ira (Trad. J. Marías). Alianza.
7. Nussbaum, M. C. (2016). Anger and Forgiveness: Resentment, Generosity, Justice. Oxford University Press.
8. Catecismo de la Iglesia Católica. (1992). Libreria Editrice Vaticana.
9. La Sagrada Biblia. (2014). Conferencia del Episcopado Mexican.
10. Marco Aurelio. (2001). Meditaciones (Trad. R. Bach Pellicer). Gredos.
11. Frankl, V. E. (2004). El hombre en busca de sentido. Herder. (Obra original publicada en 1946).
12. Asamblea General de las Naciones Unidas. (1948). Declaración Universal de los Derechos Humanos.