Tributo a Diego: la necesaria reflexión después de la tragedia
- Escrito por Dr. Jorge Luis Poo Ramírez
- Publicado en Testimonios
A la memoria de Diego y de todos aquellos que un día salieron a celebrar la vida y no pudieron regresar a casa. Hoy encontraron a Diego en el fondo de una alberca. Ahogado.
Hay palabras que uno quisiera no tener que escribir nunca.
Hay noticias frente a las cuales el lenguaje parece una herramienta miserablemente pequeña. Uno quisiera borrar la frase, regresar unas horas el reloj, cambiar una decisión, prolongar una conversación, cerrar una puerta, vaciar una copa, tender una mano.
Pero nada de eso puede hacerse.
Ayer todo era fiesta. Era fin de semana. Amigos. Risas. Música. Conversaciones. Probablemente proyectos para mañana, bromas que parecían importantes durante algunos segundos y planes que se daban por seguros porque, a los veintiún años, el futuro parece una propiedad adquirida.
Y hoy Diego está muerto. Veintiún años. Cuesta incluso escribirlo.
Porque a los veintiún años nadie debería convertirse en recuerdo. A los veintiún años deberían faltar amores, viajes, errores, reconciliaciones, carreras terminadas y carreras abandonadas; deberían faltar libros, amaneceres, trabajos, bodas, hijos quizá, amigos nuevos, discusiones absurdas, domingos de flojera, triunfos pequeños y derrotas necesarias.
Debería faltar casi toda la vida. Y, sin embargo, para Diego la vida se detuvo.
Mientras nosotros continuamos aquí, con nuestras palabras, con nuestra incredulidad, con ese dolor extraño que producen las muertes prematuras porque, además de llorar la vida que terminó, lloramos todo aquello que ya no podrá suceder.
Hoy, por eso, no quiero guardar silencio.
Maldito «alcohol»
Maldito «alcohol».
Otra vez apareces cerca de una tragedia para recordarnos, sin ninguna delicadeza, que detrás de tu apariencia festiva existe también una sustancia tóxica, psicoactiva y capaz de producir dependencia.
Esta vez no quiero dejar que te marches discretamente. No quiero que todo termine en un funeral, algunos abrazos, unas fotografías compartidas, el inevitable «qué tragedia» y después el olvido.
Porque el olvido te favorece. Te permite regresar el viernes siguiente vestido nuevamente de fiesta.
Te conozco. Como médico te he visto durante décadas. Te he visto en hígados destruidos, en cerebros intoxicados, en cuerpos que tiemblan cuando desapareces de la sangre. Te he visto detrás de pancreatitis, cirrosis, cardiopatías, accidentes y cánceres. Te he visto en pacientes que juraron cien veces que aquella sería la última copa.
Pero también te he visto en otra parte, mucho más difícil de medir.
Te he visto sentado en la sala de una casa mientras una familia se desmorona. Te he visto escondido detrás de una discusión. Dentro de un automóvil. Al lado de una alberca. En la madrugada de una fiesta que dejó de ser divertida varias copas atrás.
Y conozco muy bien tus disfraces:
Nunca llegas diciendo: «Vengo a quitarte el juicio». Llegas diciendo: «Relájate».
Nunca dices: «Voy a disminuir tus reflejos». Dices: «Diviértete».
Nunca anuncias: «Esta noche quizá hagas algo que mañana no harías». Dices: «Una más».
Nunca dices: «Puedo convertir la tristeza en dependencia». Susurras: «Olvida por un rato».
Y ésa quizá sea una de tus mayores perversidades: no necesitas obligarnos. Te basta convencernos.
Hablemos entonces de números. No porque una estadística pueda explicar la muerte de un muchacho. No porque dos millones seiscientos mil muertos duelan más que uno. Para una familia, una sola muerte puede equivaler al universo entero.
Pero las cifras sirven para demostrar algo terrible: Diego no pertenece a un mundo en el que las tragedias relacionadas con el alcohol sean excepcionales.
La Organización Mundial de la Salud estima que, en 2019, 2.6 millones de muertes en el mundo fueron atribuibles al consumo de alcohol. De ellas, aproximadamente 1.6 millones correspondieron a enfermedades no transmisibles, unas 724 000 a traumatismos —incluidos accidentes de tránsito, autolesiones y violencia interpersonal— y alrededor de 284 000 a enfermedades transmisibles.
Detengámonos un poco aunque duela en lo más profundo:
- 2 600 000 muertos.
- Más de 7 000 personas cada día.
- Casi 300 defunciones cada hora.
Mientras celebramos una comida. Mientras vemos una película. Mientras dormimos.
Y existe un dato todavía más doloroso cuando hoy pronunciamos el nombre de Diego: las personas jóvenes soportan una parte desproporcionada de esta carga. En 2019, la mayor proporción de muertes atribuibles al alcohol —13%— ocurrió entre personas de 20 a 39 años.
La edad en la que deberíamos estar construyendo la vida es precisamente una de las edades en las que el alcohol cobra una parte particularmente cruel de su factura.
Aproximadamente 724 000 personas murieron por traumatismos relacionados con el alcohol; cerca de 298 000 en accidentes de tránsito. A ello se sumaron cientos de miles de muertes cardiovasculares y alrededor de 401 000 muertes por cáncer. La OMS estima además que unos 400 millones de personas mayores de 15 años viven con trastornos relacionados con el consumo de alcohol, de las cuales aproximadamente 209 millones presentan dependencia.
Doscientos nueve millones, de seres humanos.
No se debe usar el término «alcohólicos» como etiqueta despectiva. Son personas en proceso de duelo prolongado. Afecta a todos:
Padres. Madres. Hijos. Médicos. Trabajadores. Estudiantes. Empresarios. Artistas.
Personas cuya libertad y biografía han ido quedando progresivamente subordinadas a una maldita molécula.

Y hoy resulta imposible no mirar hacia una alberca.
El mundo registra alrededor de 300 000 muertes por ahogamiento cada año, y más de la mitad corresponde a niños y adultos jóvenes de hasta 29 años. La Organización Mundial de la Salud incluye el consumo de alcohol entre las conductas que incrementan el riesgo alrededor del agua y recomienda evitarlo en esas circunstancias.
Esto no autoriza a concluir qué ocurrió exactamente con Diego. Eso corresponderá, si es necesario, a quienes conozcan los hechos y a la investigación médica pertinente.
Pero sí nos obliga a hacer una pregunta incómoda:
¿Por qué seguimos considerando natural combinar alcohol, juventud, madrugada, cansancio, menor vigilancia y una alberca?
Quizá porque cada elemento aislado parece inocente.
Una copa. Una fiesta. Una alberca. Un grupo de amigos. Una noche.
Hasta que alguna vez dejan de serlo.
Y entonces comprendemos demasiado tarde que la tragedia casi nunca llega anunciándose como tragedia.
A veces llega disfrazada de normalidad.
Hay otra faceta tuya, alcohol, que conozco bien: tu capacidad para anestesiar.
El ser humano ha buscado desde siempre cómo escapar del dolor. Algunas veces mediante la filosofía, la religión, el arte, la conversación, el amor, la medicina o la psicoterapia.
Pero tú ofreces un atajo.
No resuelves. Adormeces.
No curas. Interrumpes.
No respondes ninguna pregunta. Consigues durante algunas horas que deje de escucharse.
Y para alguien desesperado eso puede parecer suficiente.
Primero eres invitado. Después visitante frecuente. Más tarde huésped. Y alguna vez terminas comportándote como dueño de la casa.
Entonces ocurre una tragedia silenciosa: la libertad comienza a negociarse.
Ya no se bebe solamente para celebrar. Se bebe para dormir. Para hablar. Para atreverse. Para olvidar. Para soportar. Para no pensar. Para poder estar con otros. O, peor todavía, para poder estar con uno mismo.
El cerebro aprende tu presencia. La tolerancia modifica las cantidades. La ausencia produce malestar. Y aquel líquido que parecía facilitar la libertad termina imponiendo condiciones.
Es una de las paradojas más crueles de la dependencia:
se busca el alcohol para sentirse libre y se termina perdiendo libertad por necesitarlo.
No son zombis quienes padecen dependencia. Son seres humanos atrapados en una enfermedad compleja en la que convergen biología, psicología, ambiente y sociedad.
Y precisamente por eso merecen ayuda y no desprecio.
La sustancia debe ser cuestionada.
La persona debe ser acompañada.
Pero todavía existe otra contabilidad que ninguna institución internacional puede realizar.
¿Cuántas parejas rompiste?
¿Cuántas madres esperaron despiertas?
¿Cuántos hijos aprendieron a reconocer por el sonido de una llave cómo llegaría papá esa noche?
¿Cuántos amigos dejaron de invitar a alguien porque «cuando toma cambia»?
¿Cuántas bodas terminaste?
¿Cuántas carreras universitarias interrumpiste?
¿Cuántos empleos?
¿Cuántas empresas?
¿Cuántos automóviles?
¿Cuántas promesas?
¿Cuántas amistades?
¿Cuántos «perdóname» pronunciados al amanecer?
No existe una estadística mundial seria que permita escribir «X millones de divorcios» o «Y millones de amistades destruidas por alcohol».
Y sería intelectualmente deshonesto inventarla.
Pero que no podamos contarlas no significa que no existan.
Ésa es tu estadística invisible: el niño que tiene miedo, la esposa que se cansa, el hermano que rescata, el amigo que encubre, el compañero que sustituye, la familia que paga, la sociedad que hospitaliza, la empresa que pierde productividad, el automóvil convertido en chatarra, la llamada telefónica de madrugada.
Y la frase que nadie quisiera escuchar:
«Hubo un accidente».
No todo puede expresarse en números.
Hay sufrimientos cuya unidad de medida es una silla vacía.
Una vieja relación con la humanidad

Sería injusto, alcohol, negar tu historia. Has acompañado al ser humano durante milenios. Has estado en banquetes, rituales, cosechas, victorias militares, bodas, funerales, tratados, tertulias, poemas y celebraciones religiosas.
Grecia conoció el symposion. Roma conoció el vino. Europa convirtió viñedos y destilerías en tradición. Pueblos enteros hicieron de la fermentación una expresión cultural.
El problema no nació ayer. Tampoco la cautela.
La antigua sentencia «In vino veritas» —«en el vino, la verdad»— contiene una intuición psicológica fascinante: la intoxicación desinhibe y puede hacer aparecer aquello que la prudencia mantenía guardado.
Pero quizá deberíamos recuperar su conocida prolongación:
«In vino veritas, in aqua sanitas.»
En el vino, la verdad; en el agua, la salud.
La filosofía también conoció el vino. Basta recordar El Banquete de Platón: se bebe, se conversa, se discute sobre Eros. Pero lo extraordinario del diálogo no es el vino.
Son las palabras. Son las ideas. Es Sócrates.
Dos milenios después seguimos leyendo aquellos discursos y no sabemos cuántas ánforas se vaciaron.
Tal vez ahí exista una lección: lo memorable de una reunión humana nunca ha sido realmente lo que había dentro de las copas, sino lo que había alrededor de ellas.
Los amigos.
Las conversaciones.
Las historias.
El amor.
Permítaseme jugar ahora con el latín, no para atribuir falsamente estas frases a Séneca, Cicerón o Marco Aurelio, sino precisamente para imaginar nuevos aforismos para nuestro tiempo:
- «In aqua vita; in ebrietate periculum» En el agua, la vida; en la embriaguez, el peligro.
- «Ubi ratio dormit, periculum vigilat» Donde la razón duerme, el peligro permanece despierto.
- «Vinum hospes sit, numquam dominus» Que el vino sea huésped, nunca dueño. Y una última:
- «Libertas sine conscientia libertas non est» La libertad sin conciencia no es libertad.
No pertenecen a ningún filósofo antiguo. Ojalá hubieran sido innecesarias. Pero para juzgarte justamente debo reconocer también tu extraordinario talento para disfrazarte. Porque no siempre tienes aspecto de verdugo.
A veces eres bellísimo, canijo «alcohol».
Una botella de vino puede contener geografía, historia, clima, paciencia y oficio. Hay generaciones de viticultores detrás de una cosecha. Hay maestros destiladores, barricas, coñacs envejecidos durante décadas. Hay vinos que hablan de una región y forman parte de su patrimonio cultural.
Estás presente en cenas familiares, bodas, graduaciones, victorias deportivas, reuniones académicas y brindis entre amigos.
Eres industria. Comercio. Gastronomía. Coleccionismo. Ritual. Prestigio.
Y sí: el alcohol tiene usos médicos e industriales legítimos, particularmente como antiséptico en determinadas concentraciones y circunstancias.
No pretendo borrar la cultura del vino ni convertir una copa en pecado.
Sería simplista. La ciencia tampoco necesita demonios. Necesita precisión.
Pero justamente ahí aparece tu contradicción: la belleza de una botella no modifica la farmacología del etanol.
Un vino de gran cosecha puede ser una extraordinaria creación humana. El etanol que contiene sigue siendo etanol.
Una copa de cristal no cambia la molécula. Una etiqueta prestigiosa no modifica el cerebro. Un precio elevado no disminuye la intoxicación. Y una tradición milenaria no convierte una sustancia psicoactiva en inocua.
La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer clasifica las bebidas alcohólicas como carcinógenas para los seres humanos. En 2020 se estimaron aproximadamente 741 000 nuevos casos de cáncer atribuibles al consumo de alcohol en el mundo.
Ésta es una verdad particularmente incómoda porque contradice décadas de publicidad elegante.
Lo que no eres
Por eso, alcohol, después de reconocer lo que eres —historia, cultura, industria, gastronomía, placer y también riesgo—, quiero decirte claramente lo que no eres:
- No eres un amigo. Los amigos no disminuyen nuestra capacidad de decidir.
- No eres valentía. La valentía permanece cuando desaparece la intoxicación.
- No eres alegría. La alegría puede recordarse completa al día siguiente.
- No eres serenidad. La serenidad no necesita alterar químicamente la conciencia.
- No eres un tratamiento contra la tristeza.
No eres una cura para la soledad. - No eres requisito para enamorarse.
No eres indispensable para bailar. - No eres condición necesaria para celebrar.
- No eres un pasaporte hacia la adultez.
- No eres demostración de masculinidad.
- No eres libertad.
- Y, sobre todo: no eres imprescindible.
Hemos aprendido a preguntar «¿qué vamos a tomar?» cuando en realidad queríamos preguntar «¿con quién vamos a estar?».
Hemos asociado brindis con alcohol, éxito con champaña, fútbol con cerveza, romance con vino, sofisticación con whisky y descanso con una copa al final del día.
Tal vez haya llegado el momento de separar las cosas.
Podemos conservar el brindis. Conservar la celebración. Conservar la amistad. Conservar el sabor, para quien consciente y responsablemente decida beber.
Pero debemos perder la ingenuidad.
El juicio y la responsabilidad
No pido prohibición. Las prohibiciones absolutas tienen su propia historia de fracasos, mercados clandestinos e hipocresías.
Pido algo quizá más difícil: conciencia.
Pido que dejemos de presentar una sustancia psicoactiva como si fuera un refresco para adultos. Pido que cada adolescente conozca sus riesgos antes de conocer sus marcas.
Pido que las familias hablen del alcohol antes de que una tragedia las obligue a hablar de él. Pido que beber mucho deje de considerarse una hazaña.
Pido que el joven que dice «yo no tomo» no tenga que explicar nada. Pido que cuidar al amigo intoxicado sea más importante que grabarlo.
Pido que jamás dejemos sola junto a una alberca, al mar, a un balcón, a una carretera o al volante a una persona cuya capacidad de juicio está comprometida.
Pido que conducir después de beber deje de ser una negociación. Pido que los padres entendamos que pagar la fiesta no nos exime de pensar en sus riesgos.
Pido que los amigos aprendamos que acompañar significa también intervenir.
Mañana habrá otra fiesta. Sonará música. Alguien llenará una hielera. Se abrirá una botella.
Alguien dirá:
«Una no hace nada».
Otro responderá:
«Yo estoy perfecto».
Alguien querrá manejar.
Alguien se acercará al mar o una alberca.
Alguien pensará que su amigo simplemente se quedó dormido.
Y casi siempre no ocurrirá nada. Ésa es precisamente la trampa. Miles de veces no ocurre nada.
Hasta que una vez (más) ocurre todo.
La prevención resulta ingrata porque cuando funciona parece innecesaria. El amigo que quitó unas llaves quizá nunca sabrá qué evitó. La muchacha que acompañó a otra hasta su habitación nunca sabrá si aquella noche cambió una historia. El padre que estableció límites será acusado alguna vez de exagerado. El anfitrión que cerró la alberca durante una fiesta quizá parezca aburrido.
Pero ése es el extraño privilegio de prevenir: celebrar tragedias que nunca llegaron a suceder.

Volvamos a Diego
Y después de tantos números, enfermedades, argumentos, latines y reflexiones, volvamos a donde empezamos.
A Diego.
Porque este escrito no nació de una estadística. Nació de un muchacho. De veintiún años.
Ayer Diego todavía pertenecía al mundo de los planes. Hoy pertenece al territorio de la memoria. Y eso duele de una manera difícil de explicar.
Pienso en sus padres. No conozco palabra suficientemente digna para nombrar el dolor de unos padres que sobreviven a un hijo.
Pienso en sus hermanos. En sus amigos. En quienes ayer rieron con él.
En quien quizá conserva el último mensaje que escribió. En la fotografía que ahora tendrá otro significado. En su lugar en la mesa. En su habitación. En sus objetos esperando inútilmente a su dueño.
En esa crueldad doméstica de la muerte: el mundo material tarda mucho más que nosotros en comprender que alguien ya no volverá.
Queda la ropa. Queda el teléfono. Quedan fotografías. Queda una taza. Queda un nombre almacenado en los contactos.
Quedan conversaciones que nadie se atreve a borrar. Y queda una ausencia. Una ausencia enorme. No podemos devolverlo.
Ésa es la verdad insoportable.
Ninguna reflexión, por profunda que sea, modifica lo ocurrido. Pero podemos decidir qué hacemos nosotros con lo ocurrido.
Podemos llorarlo. Debemos llorarlo.
Podemos abrazar a quienes lo amaron. Podemos guardar sus mejores recuerdos. Pero también podemos permitir que su muerte nos interrogue.
Que la próxima vez que alguien diga «ya está demasiado tomado», alguien actúe.
Que cuando un amigo quiera manejar, alguien tome las llaves. Que cuando exista agua cerca, recordemos que alcohol y agua pueden formar una combinación mortal.
Que cuando alguien utilice una copa para tratar de anestesiar una tristeza repetida, sepamos reconocer que quizá necesita una mano y no otra botella.
Que nuestros hijos sepan que pueden llamarnos a las tres de la mañana, desde cualquier lugar, sin miedo al regaño inmediato, si necesitan volver seguros a casa.
Primero vivos. Después discutimos. Que sepan eso. Todos nuestros hijos deberían saberlo. Por eso hay que escribirlo y compartirlo. Aunque duela.
Y entonces llegamos a una paradoja.
¿Cómo despedir a un joven después de escribir tantas páginas contra la ingenuidad de nuestros brindis?
Quizá brindando. Pero esta vez no por el alcohol.
Por Diego.
Por la vida que tuvo. Por las personas que lo quisieron. Por sus veintiún años. Por sus risas. Por las historias que solamente conocen sus amigos. Por las veces que hizo feliz a alguien sin siquiera saberlo. Por todo lo que alcanzó a ser.
Y también por nosotros. Porque todavía estamos aquí. Y estar vivos nos impone una responsabilidad. Vivir no es solamente continuar respirando. Es cuidar. Cuidarnos. Cuidar al otro.
Decir alguna vez «ya no». Interrumpir una imprudencia. Llevar a alguien a casa. Pedir ayuda. No abandonar a un amigo.
Aprender que la verdadera amistad algunas noches consiste en contrariar a quien queremos. Quizá ése pueda ser el pequeño legado de esta tragedia.
Que Diego no sea únicamente un muchacho que murió demasiado pronto. Que sea también un nombre que alguna vez nos haga detener una mano antes de llenar otra copa. Un nombre que nos recuerde cerrar una alberca.
Guardar unas llaves. Acompañar a un amigo. Llamar a nuestros hijos. Abrazarlos un poco más fuerte.
Y decirles algo que con demasiada frecuencia damos por entendido:
Te quiero vivo.
No perfecto.
No obediente.
No impecable.
Vivo.
Adiós, querido Diego. Veintiún años fueron demasiado pocos. No alcanzaron. Nunca habrían alcanzado para quienes te querían.
Hoy tu ausencia nos deja una pregunta que debería acompañarnos durante mucho tiempo:
¿Cuántas tragedias necesitamos presenciar antes de cambiar aquello que todavía podemos prevenir?
No tengo una respuesta.
Pero después de hoy quisiera que, cuando volvamos a reunirnos alrededor de una mesa, recordemos que ninguna botella vale una vida; que ninguna fiesta merece una silla vacía; que ningún instante de euforia justifica una llamada que destruya para siempre la madrugada de una familia.
Y quisiera también que entendiéramos algo todavía más sencillo: no necesitamos bebernos la vida para celebrarla. Necesitamos estar vivos para poder hacerlo.
Descansa en paz, Diego.
Y que quienes permanecemos aquí tengamos la inteligencia, la conciencia y el amor suficientes para aprender de tu partida.
Porque quizá el verdadero tributo no sea solamente recordarte. Quizá sea cuidar mejor a los que todavía están con nosotros.
Referencias
- International Agency for Research on Cancer. (2024). Reduction or cessation of alcoholic beverage consumption. IARC Handbooks of Cancer Prevention, Volume 20A. World Health Organization.
- Rumgay, H., Shield, K., Charvat, H., Ferrari, P., Sornpaisarn, B., Obot, I., et al. (2021). Global burden of cancer in 2020 attributable to alcohol consumption: A population-based study. The Lancet Oncology, 22(8), 1071–1080.
- World Health Organization. (2024). Alcohol. World Health Organization.
- World Health Organization. (2024). Global status report on alcohol and health and treatment of substance use disorders. World Health Organization.
- World Health Organization. (2026). Drowning. World Health Organization.