lunes, 10 diciembre 2018
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EL PACIENTE QUE TODOS QUEREMOS

He dejado andar mi pensamiento por los bulliciosos pasillos de los consultorios y me he percatado que existen diversos tipos de pacientes e igual diversidad de curanderos. Algunos pacientes representan lo más común de la jornada (por ejemplo) gripes, gastritis y exantemas. Sin embargo, son los más buscados por los médicos jóvenes que aspiran a iniciar sus primeros pasos en esto que llamamos el arte de curar a los enfermos y que debería llamarse “el arte de cuidar la salud de las personas”.

Algunos otros buscan variedades específicas de trauma, dolor o deformidad que permita el buen uso del bisturí. Mientras que otros solo se entusiasman cuando descubren un caso raro, de esos que requieren el uso de todo tipo de hazañas y artimañas. Un caso que les permita estudiar con esmero los mínimos detalles. Pero, lo que más abundan son los pacientes cansados, tristes y olvidados, aquellos que han transformado su dolencia en una pena, en una carga y que no saben cómo han merecido semejante castigo. Algunos, han optado por esconderse un poco de los amigos, para no ser etiquetados como elegidos del infortunio.


Concentrado un poco en estos pensamientos me ha llegado a la memoria una serie de reflexiones del filósofo francés Jacques Derrida, que será el motivo de esta entrega. Se relaciona con uno de los diálogos de Platón en el cual Fedro describe que escribir para los demás posiciona al escritor en una situación incómoda, en la cual no sabe el uso y enfoque futuro que se dará a sus pensamientos escritos y que conlleva el riesgo de ser malinterpretado al no estar presente y no poder reafirmarse, defenderse o justificarse. Derrida dice, "que la incompatibilidad entre lo escrito y la verdad es claramente anunciada por Sócrates en el momento en que el ser humano es despojado de su ser para convertirse en argumento sorpresa de otro ser". Y es precisamente este carácter fortuito, pero a la vez concreto, el que me interesa resaltar a la hora de dar para los demás.


Padre mayorComo seres humanos, vamos incorporando historias e ingredientes a nuestras vidas y por lo tanto no debe extrañarnos que en algún momento nos parezcamos los unos a los otros o identifiquemos que lo nuevo no lo es tanto porque ya lo habíamos percibido en nuestra vida o en alguna parte de las vidas de nuestros seres queridos. Me refiero a que lo que construimos como vivencia de paciente, tal vez sea la suma de la vivencia de otros pacientes, lo cual es una magnífica oportunidad para imaginar “al paciente que todos queremos”. Entonces vale la pena imaginar un paciente que simboliza la expresión de mi “yo paciente” y de mis “otros-pacientes” (seres queridos o seres que me eligieron) y que en algún momento deba yo cuidar de su salud. Ya entrados en este supuesto imaginario podremos ir agregando ingredientes de idoneidad a un simbólico paciente que representa la fatalidad pero también la generosidad y la entrega decidida al proceso de curarse. 

Un primer ingrediente del “paciente que todos queremos” sería su simplicidad. Lo complejo es difícil, consume tiempo. Así que lo ideal sería que lo conozcamos desde pequeño (desde que nace) y que podamos comprenderlo incluso antes de que no era más que un proyecto, que venía de la nada, que surgió del encuentro y de la voluntad de una pareja y que llegó a su tiempo. Si lo conozco desde pequeño puedo asociarlo a su familia, a los males de sus abuelos, de sus padres y de sus hermanos, pero también a su entorno, al sitio donde crece. La simplicidad incluye a la forma de expresar nuestras dolencias por lo cual idealmente deberíamos emular a un niño que tan solo señala el sitio y comenta la intensidad. Como adultos iremos agregando elementos de precisión, como por ejemplo desde cuando?, factores que lo activan? y las consecuencias (se me ha ido el apetito, he bajado de peso, me limita caminar, me provoca fiebre).


Un segundo ingrediente de idoneidad sería su asiduidad y me refiero con ello a su constancia en cuidarse o quererse. Es decir, aquel que pone de su parte para cuidarse desarrolla una coraza que le protege ante los embates de la vida. Si lo veo varias veces, en control anual, puedo constatar que existan prácticas de riesgo o de auto-cuidado que ayudaran a proponer acciones preventivas e incluso correctivas a un tiempo prudente. La asiduidad incluye a la constancia para crecer y rodearse de un ambiente virtuoso, en donde predominen los buenos ejemplos y no las prácticas de riesgo. La asiduidad incluye a la conciencia de la dualidad de la vida, en saber que lo bueno incluye a lo malo y viceversa. Por ejemplo, si practico cotidianamente un ejercicio puedo en algún momento lastimarme. O bien, si cometo errores o excesos de bebida o de comida puedo en algún momento conocer mis límites y aprender a no sobrepasarlos.

El tercer ingrediente del “paciente que todos queremos” es la voluntad, el deseo de cuidarse o de curarse. Y es precisamente aquí donde radica la esencia de esta genuina querencia de uno mismo. Cuando ya no hay voluntad, la oportunidad de ayudar se reduce o se asfixia. Interesantemente, en algunos, la voluntad está extraviada en las aguas turbulentas de la complejidad de la vida. Para muchos, hay un desencuentro, una especie de error de conexión entre lo esperado y lo recibido. Cuando se confronta la enfermedad, para muchos, la solución está en el más allá de su “yo individual”, corresponde a “otros”, al sistema, a los médicos o a mis familiares. Si es la alimentación lo que hay que cambiar, pues “no se puede”. Si es la actividad física, pues “no puedo”, "¿que no ven que estoy enfermo?". Y lo interesante es que el enfermo no ve lo que el cuidador si identifica. Y por, ello, precisamente por esa magia de ver a través de los ojos de los otros, es que uno si puede imaginar lo que hay que cambiar en los demás, aunque paradójicamente, no siempre aplica para uno mismo.

Demeter i TryptolemosDe estos tres ingredientes, la simplicidad que conviene mantener (que tratamos de resumir a través de una buena historia clínica), la asiduidad que debemos cultivar (a través de generar confianza en nuestro paciente) y la voluntad que debemos que aplaudir y emular (a través de reproducir el ejemplo de los que nos preceden), sin duda es este último el ingrediente que más determina la esencia del “paciente que todos queremos”.

Déjenme ahora volver al terreno de la imaginación y reflexionar que precisamente cuando hablamos de un paciente en realidad hablamos de todos los pacientes del mundo y de la historia. Y cuando imaginamos a un profesional de la salud, en realidad hablamos del compañero que nos cuida, del sabio chaman de la aldea hasta el especialista connotado. Es decir todos somos pacientes y curanderos y por lo tanto a todos nos conviene ser “el paciente que todos queremos” ya sea para cuando nos toque ayudar o cuidar a un ser querido o vivir la vivencia de un “yo paciente”.

Volviendo ahora a Fedro, Socrates compara los textos que le ha traído con "un medicamento" (un pharmakon). Aconseja recordar que este medicamento o poción puede actuar como un remedio o como un veneno. Paradoja grande de la vida, donde la ilusión de la curación puede ser benéfica o maléfica. Este pharmakon sería substancia curadora y a la vez antisubstancia no reparadora, dependiendo de la idoneidad de su uso. Gran ambivalencia porque implica reconocer la esencia benéfica y la posibilidad perjudicial de su existencia. Segun Derrida, el pharmakon llevan la huella simbólica de “un padre del enigma, de la memoria y de la sabiduría” y sus nombres modernos serían remedio, receta o prescripción. Pero tambien es cierto que cada prescripción lleva en su esencia las virtudes de la eficacia y de la seguridad, pero también la ambivalencia de la ineficacia y de la toxicidad.

Entonces, aunque la verdad profunda del pkarmakon es incierta, lo ideal es que esta verdad represente la duda de su esencia, pero a la vez la necesidad de tener confianza en su presencia o buen uso. Por ello, en el “Arte de Cuidarse” debe existir la conciencia de la relatividad y la bondad del conocimiento. La mayor parte de las personas pueden experimentar una gran mejora con una prescripción, pero siempre existirá la ingrata situación, afortunadamente pocas veces, de lo inverso. Y por ello el gran Paracelso decía “el remedió o el veneno está en la dosis”. Cada persona es diferente o igual hasta no demostrarse lo contrario.

 Referencias:

1. Jacques Derrida. La Farmacia de Platón. 1968.