jueves, 21 marzo 2019
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Concierto en la UCI

El periodista Rafael J. Alvarez del El Mundo, comparte sobre un puñado de médicos trajina entre sueros colgantes y camas con cables. Una luz entra con permiso por cada ventana y orienta la vigilia de los pacientes como un reloj sin números en medio de estos días tan raros. Es mediodía. De vez en cuando se oyen pitidos suaves y planea por aquí un murmullo de hospital, un cruce de voces midiendo sedaciones, optando por fármacos, calculando posibilidades... Nadie corre, pero nadie para. Hay un mundo horizontal de enfermos enganchados a máquinas y un mundo vertical de médicos, enfermeros, auxiliares y familias asomados a los dolientes.
 
De pronto, un hombre aparece al comienzo de la sala, apura un momento de silencio, respira hondo, se acerca una flauta a la boca y empieza a tocar.
 
«El objetivo es que los enfermos estén a gusto y que las familias sientan atendidas sus necesidades. Antes, la medicina estaba mecanizada: más atención a la enfermedad que a los enfermos. Ahora queremos enmendar el error: ocuparnos del enfermo y su familia. Eso ayuda a recuperar al enfermo para la sociedad, devolverlo a sus condiciones de vida previas a estar aquí. El confort ayuda a curar».
Habla Juan Carlos Montejo, jefe del Servicio de Medicina Intensiva del 12 de Octubre, en Madrid y uno de los agitadores de una idea que la Comunidad de Madrid está probando en varios hospitales públicos.
 
Si las UCI hablaran lo harían como Montejo. Tranquilas. Precisas. Y bajito. Porque para algo están los medidores de ruido colocados en algunos lugares de la UCI y que están ayudando a que el vaivén profesional sea cada vez más silencioso en este enjambre de máquinas y personas criado para curar.
 
«Hemos colocado unos medidores de ruido en varios puntos de la UCI que calculan los decibelios. El nivel recomendado por la OMS es de 40 y nosotros aún estamos en una media de 60. Pero cuando comenzamos con esto estábamos en 70. La media sube cuando hay cambio de turno del personal. Es cuando unos equipos se intercambian información con los otros».
 
El doctor Montejo habla en una especie de metasonido, no sea que decir lo que dice más alto enfade al sensor.
 
Un paseo por la UCI con la mirada hacia arriba revela los medidores de los que habla el jefe de la UCI. Son la silueta de una oreja iluminada de neón verde. Cuando se supera el nivel de decibelios marcado, una luz roja que simula un tímpano en el centro de la oreja se enciende. Hay que bajar la voz.
 
Debajo de cada oreja, el equipo coloca las gráficas del día anterior, una cordillera de niveles que destapa las veces que se sobrepasó el límite idóneo y las veces que el silencio se oyó mejor. Un resumen de cuánto sonó el día. «Es una medida contra la contaminación acústica», sentencia Montejo.
 
Rodrigo ha cambiado de flauta shakuhachi, un instrumento que monjes budistas japoneses empezaron a utilizar hace 800 años en melodías meditativas y austeras, «una música fundamental que provocaba una revolución espiritual cada vez que se tocaba», cuenta este músico primerizo en públicos de hospital. «Es la primera vez que toco en un lugar así y aún tengo los vellos de punta».
 
Rodrigo está ahora en la otra fila de camas y se acerca a la de Jaime Castells, un taxista de 64 años que acaba de dejar atrás una cirrosis y recibir un hígado nuevo. Es su tercer día en la UCI y un sonido de flauta compite con los timbres suaves de sus constantes vitales. Observamos su cara cuando Rodrigo se planta a su lado, shakuhachi en boca, ambiente de paz...
 
- Al principio no sabía si era música en vivo. Me sonaba a la música de La Misión. Luego lo he visto venir y cuando estaba tocando a mi lado me han venido imágenes de la película. He sentido tranquilidad. No parece que esté en un sitio de gente que está grave.
 
No era La Misión, pero da igual. Era improvisación. Lo confiesa Rodrigo:«He transmutado la energía que he sentido y he hecho una historia. Podía haber tocado piezas ancestrales, hechas para otros, pero no lo he visto oportuno. He hecho la música que he sentido y la he sentido por ellos. Ha sido una música única. Nunca volverá a ser la misma».
 
«Hay estudios que indican que la música produce efectos beneficiosos. Calma hipertensiones, reduce la ansiedad, disminuye la necesidad de tanta sedación, contribuye a la normalización de los parámetros fisiológicos y ayuda a controlar el dolor y la incomodidad de los pacientes. Llevamos cerca de un año con ello y ahora vamos a investigarlo de forma científica», apunta el responsable de Medicina Intensiva.
 
Referencia
 
Zhang, J. W., Gao, T., & Liu, M. M. (2016). Music Therapy in China. Music and Medicine, 8(1), 67-70.